El ultimo viaje.-


urna

El tío Jaime ya se murió. Y aquel fue un día muy triste, tan triste como otros muchos que vendrían después. Su enfermedad terminal lo tuvo postrado en cama en el hospital durante un par de semanas hasta el trágico desenlace. Durante ese tiempo me turnaba con mi hermana y mi tía en su cuidado, aunque poco cuidado podíamos reportarle nosotros a un moribundo.

Ni siquiera en el hospital podían, ya que los cuidados paliativos habían pasado a ser un asunto al que nadie se atrevía a desafiar, desde que algunos profesionales habían sido acusados de practicar la eutanasia por administrarlos.

Tan solo la Asociación de la Cruz Roja se atrevía a hacerlo, aunque cada vez, ellos lo reconocían así, les seria más difícil, puesto que la única manera de sufragarlos era la ayuda voluntaria de los particulares y en duras épocas de recortes salariales nadie se aventuraba a ningún gasto que no fuese estrictamente necesario.

El caso es que cada una de las noches que se me asigno por turno establecido, viví la ingrata experiencia de tener que recorrer unos centenares de metros entre la puerta del hospital y el primer sitio permitido para poder fumarme un cigarro.

La ley había llevado a un extremo tal a los habituados a este vicio que aunque  el contaminante de todos los vehículos tuviese anegada la ciudad, y el residuo toxico de todas la fabricas contribuyese a fulminar de cáncer a media población, lo realmente dramático y dañino era el humo de los cigarrillos. Ironías de la vida.

Yo no era especialmente contrario a que velaran por nuestra salud y entendía que en sitios cerrados era lo mejor. Pero claro¡ también seria mejor que hubiese cuidados paliativos en los hospitales y no tanto gasto en vacunas de la gripe A,  que tan solo conseguían enriquecer a algún laboratorio, por supuesto Suizo o Alemán.

Como quiera que fuese el sepelio de mi tío era esa tarde y mi prima Mercedes llegaba en el avión al medio día. Fui a recogerla tal y como había pactado con mi hermana. A las doce y cuarto ya me encontraba en la Sala de llegadas nacionales. Anunciaron que el avión llegaba sin retraso y que en 10 minutos habría aterrizado. Recogí unos de esos periódicos gratuitos y me senté a ojearlo para lo que yo creía una corta espera. Sin embargo no fue así. Por aquel entonces habían instalado un nuevo aparato, aunque más bien habría que llamarlo artefacto, de Escáner personal Integral, uno de esos de los que te retrataban hasta el tracto urinario. No se como diablos mi prima se quedo atascada en él provocando un conflicto de magnitudes nunca vistas, nadie sabía como proceder, mientras y dado que el atolladero formado con la llegada de otros vuelos tomaba dimensiones de fábula. Se decidió que el resto de pasajeros fuesen saliendo, aun a costa de no poder se visualizados por la maquina.

Sin embargo con mi prima no sabían que hacer. Llamaron a los técnicos de la empresa instaladora el más próximo tardaría alrededor de una hora en llegar, mientras tanto a mi prima le pasaban botellines de agua mineral por una de las aberturas laterales, a la vez que su pomposa anatomía se veía reflejada en los monitores. Si aquello se dilataba mucho más, pronto habría que pasarle también un orinal y la verdad solo imaginármelo me daba la risa floja.

Al final después de cerca de 3 horas consiguieron desatascarla, aunque la maquina al parecer quedó inservible.

Eran ya las cinco de la tarde, ni mi prima ni yo habíamos probado bocado, y faltaba a penas una hora para el entierro. Intenté llamar a mi hermana pero mi teléfono se había quedado sin carga en la batería, el de mi prima de forma mucho más dramática, se había desconfigurado por completo con tanto ajetreo dentro del artefacto-escáner. Se estaba muriendo igual que aquellos “tamagochi” o como quiera que se llamasen que vendían a los niños hace años. Ahora los tamagochi los llevamos cada cual en el bolsillo, no quiero ni pensar en el día en que tanta energía se descontrole.

Apreté el acelerador y que pasase lo que pasase. Otra cosa no podía hacer. Y lo que pasó fue un coche de la policía que me multó por exceso de velocidad con la  consabida retirada de dos puntos, ¿o eran cuatro? A esas alturas poco importaba ya.

Claro está que cuando llegamos mi tío hacia tiempo que reposaba en una urnita hecho cenizas.

Había dejado escrito que las cenizas le gustaría que fuesen arrojadas a la catarata de Oneta. Según decía, porque allí había pasado el verano mas feliz de su vida. Ahora resultaba que tendríamos que viajar hasta Asturias para cumplir su último deseo.

Mi hermana, claro¡ se desentendió de aquel asunto, alegando que no podía porque había de pasarse a sellar el paro. Como por entonces las colas eran mastodonticas, se perdía la mañana en hacerlo.

Y mi prima… bueno mi prima con sus ciento doce kilos de obesidad mórbida, y toda arrugada como estaba por la maldita maquina aérea, hubo de quedarse también. Años después cuando al fin la indemnizaron por el asunto, tuvo que pagarlo casi integro en la reparación del escáner, que no obstante, desde entonces nunca volvió a ser el mismo.

Cuentan empleados del aeropuerto, que a veces le daba por alertar con su bocina en cuanto algún gordo cruzaba por la barandilla de entrada, mucho antes incluso, de acceder al aparato, y que se apagaba su escáner cuando alguien había comido con menos de una hora de antelación.

El caso es que me dije: ¡menuda coincidencia ¡Ahora estoy solo para llevar al tío. Sin embargo en el ultimo instante me acorde de Genaro, que desde que cerró el concesionario por no vender un Clío, deambulaba por ahí de un comedor social a otro, buscando que meterse entre pecho y espalda.

El era de Luarca, pueblecito costero, de la parte más occidental del principado y muy cercano a Villayon en cuyo municipio estaba la celebre catarata de Oneta.

Así que nos esperaba un viaje intenso a través de España, para arrojar a mi desdichado tío a los salmones.

Intenso sobre todo, por el olor que desprendía el bueno de Genaro, que desde que cayó en desgracia se conoce que no tenía ni para jabón.

Es seguro que nuestro menor problema en ese viaje, seria traernos un queso de Cabrales en el maletero, en el camino de regreso.

Tardamos poco en ponernos de acuerdo sobre la partida, Genaro estaba muy desocupado, como era de esperar.

carro

Como mi coche estaba en el taller, decidimos coger prestado uno de los que tenía en el stock del concesionario, de esos que ya nunca vendería, pero que si tuvo que pagar. Como aun no habían ejecutado el embargo <no nos costó mucho quitarle la llave al guarda> al final cedió a cambio de que Genaro no se le acercara a menos de 10metros.

Salimos directamente desde allí. Hasta llegar a Asturias, nos quedaba cruzar prácticamente todo el país, y con la gasolina a precio de diamantes, no seria fácil, fue por eso que le sugerí un híbrido, por aquello de seguir con lo eléctrico.

Por otro lado no podíamos quejarnos, si mi tío se hubiera acordado de aquel viaje que hizo a Japón en los noventa, habría sido capaz de pedir que lo arrojáramos a la bahía de Tokio  y no estaba la cosa para bromas; después de lo de Fukushima andaban radioactivos hasta los cangrejos.

En la tele seguían diciendo que el país iba bien y que pronto se notaria el crecimiento; supongo que se referirían al de la pobreza, que no daba tregua, entre comedores sociales, desahucios, embargos y requisitorias la vida era un sin dios.

Habíamos hecho acopio de latas y embutidos para no tener que parar por el camino nada más que para las típicas necesidades fisiológicas, que no huelga relatar, si exceptuamos aquella en la que a Genaro no le querían dar la llave de los servicios, porque decían que si los usaba tardarían meses en quitar el olor, tardamos en convencerlos de que si defecaba en los arriates seria mucho peor, ya que no habría quien parase a echar combustible. Acabaron entendiéndolo pero a Genaro lo declararon persona “non grata” y fue advertido con una fuerte reprimenda de que si volvía por allí seria expulsado isofactamente.

Justo al salir de allí nos encontramos a un grupo de indignados armándole un “escraches” al dueño del restaurante La Ruta, por no haberles fiado los postres.

La verdad es que las cosas se estaban poniendo al rojo vivo, pero la situación no daba para más.

El mismo Genaro llevaba ya dos meses esperando el desahucio. No se cansaba de repetirme, que si este país fuese Estados Unidos, habría ya mas políticos muertos que en el Senado de la antigua Roma. Pero por suerte para ellos, aquí no vendían pistolas en los supermercados.

Después de la parada de rigor para estirar las piernas y vaciar la vejiga, le dije a Genaro que condujese él hasta la próxima parada. No tuvo inconveniente aunque me advirtió de que no le quedaban puntos de carné. Lo miré con tristeza, era un hombre sin puntos, sin coche, sin trabajo y pronto sin casa, La mujer lo había abandonado ya hacia tiempo, por un concejal de muchos vuelos, y todos gratis.

Su vida no parecía acomodarse mucho a la situación. Pero yo por el contrario cada vez lo veía mas reposado, mas tranquilo. No se si es que se estaba medicando o que ya pasaba absolutamente de todo, lo cual le reportaba ese estado de idiotez perpetua, pero sustancialmente agradecida.

Seguimos el camino. Yo intente relajarme un poco y echar una cabezadita. Pero Genaro, puso a los Chunguitos a toda pastilla, y “dame veneno”, que fue lo que me dio.

Para colmo la urna con mi tío no daba muchas garantías de aguantar el traqueteo y me hizo llevar un ojo abierto todo el rato con lo cual el descanso que intentaba fue inútil.

Ya cerca de León, acometimos otra parada para cambiar de chofer, y el susto que nos llevamos fue “morrocotudo”, se nos acerco uno de esos del Frac, y aunque solo quería preguntarnos una dirección, nos dejó acojonados, bueno, sobre todo a Genaro, que desde que le colocaron unas preferentes los de la Bankia esa, pensaba que todo el mundo quería cobrarle algo.

Y en cierto modo, no andaba descaminado, el pobre tenía tantos frentes abiertos que era como Napoleón en Waterloo.

Como yo andaba aun bastante cansado, pues no había logrado pegar ojo, en el tramo anterior, aparcamos el vehículo en una sombra y retrepamos los asientos con el fin de echar una cabezada ambos, y así fue… Así fue como nos robaron la urna con el pobre tío Jaime….

Cundió al principio la desesperación, ¿como era posible dormir de esa forma?, me preguntaba yo ¿que podíamos hacer ahora? ¿Denunciar la desaparición de un cadáver? En fin, estábamos hechos un lío. Genaro decidió ir al retrete para despejar la mente y pensar con más claridad, Hay gente a la que cualquier cosa le llena la cabeza. Mientras estaba ausente, pensé, y he de reconocer que por un lado, la nueva situación no me desagradaba del todo, que si bien mi tío no podría descansar con los salmones, a nosotros nos podía reportar una preocupación menos, dando por finalizado el compromiso y volviendo a nuestra casa para un merecido descanso. No fue así, porque la idea de Genaro se ve que fue la misma del ladrón y encontró la urna con mi tío, en el lavabo del área de servicio. Se ve que el tipo se desilusionó al abrirla y ver el contenido y la dejó sin más en la repisa; abierta, pero con mi tío aun dentro.

Así fue como entre parabienes, salimos de allí, alabando nuestra suerte, o mejor dicho la de mi tío que por fin parecía que iba a tener satisfecha su ultima voluntad.

Ya de noche llegamos al Principado, había que buscar sitio para dormir, a Oneta ya iríamos a día siguiente.

Decidí no separarme de mi tío durante el resto del tiempo por lo que pudiera pasar,

No podía uno fiarse ya de nadie.

La Pensión no daba para mucho, y nosotros para menos, como yo tampoco es que llevará mucho dinero, tomamos la habitación más barata, era en el sótano claro¡ y con una sola cama, tendría que dormir con Genaro, pero le pediría con mucho tacto que se duchase antes, me dijo que no. Decía que desde un tiempo a esta parte cada vez que se duchaba, agarraba un constipado descomunal. No tuve elección.

La habitación estaba al lado de las cocinas, y eso hizo que toda la noche el ruido del motor de los refrigeradores se superpusiese a los ronquidos ya indecentes de Genaro, ¡total, que no pegué ojo¡.

A la mañana siguiente, estaba para el arrastre, pero hube de sobreponerme y después de un ligero desayuno, que consistió en unas uvas que robamos de una parra vecina, salimos sin más, rumbo a Oneta.

Yo había visto las fotografías de mi tío cuando estuvo en el citado paraje, y esperaba, que eso me sirviera un poco de guía en el trajinoso asunto. Sin duda algo habría cambiado, ahora no quedarían muchas vacas, como era de suponer. La Unión Europea, (ese sitio donde nos metieron con calzador y por el que ahora penamos) había limitado la producción de leche para no competir con las cuotas de franceses,  holandeses, y suizos, y los pobres asturianos que de vacas entienden un montón, habían tenido que ir remplazándolas, por cerdos; ¿y para qué?, luego los cerdos hispanos fueron acusados de tener fiebre porcina, y tampoco nos los compraban, ni a ellos ni a sus productos derivados, al final volvieron a las vacas, aunque para carne en vez de para leche; y estalló lo de la “vaca loca”, y otra vez a las andadas, al final ya no sabían que hacer, y la mayoría como en el resto del país, se dedicaron al turismo, en este caso rural.

Como decía un viejo conocido, pensaron que un turista bien ordeñado, daba más que una vaca en seis meses. Lo malo era que ahora hasta los turistas habían dejado de aparecer. No estaba la cosa en el país, para hacer turismo.

Hube de interrumpir mis reflexiones matutinas, porque Genaro que se había hinchado de uvas ya no podía aguantarse. Lo paré junto a un bosque de eucaliptos,

y allí defeco a placer, esta vez sin problemas, excepto para la fauna del lugar.

Al poco de seguir viaje, se nos cruzo una pareja que hacia el Camino de Santiago, para su suerte eran Alemanes, y Genaro que estaba algo resabiado, con el tema Germánico y su empeño en que les devolviésemos lo suyo, ese dinero que durante décadas nos habían dado y nuestros gestores públicos habían dilapidado con tanto acierto, no tuvo otra ocurrencia que mandarlos “a los pepinos” como vulgarmente se dice, no se si llegarían a Santiago o a Albacete, pero el camino les iba a ser costoso.

Para nosotros sin embargo la suerte estaba casi echada, nos encontrábamos cerca ya de Villayón el pueblito que da nombre a su vez al Concejo, un lugar de unos dos mil quinientos habitantes mas o menos, y cabeza visible de la comarca, desde allí a la parroquia de Oneta muchos mas modesta no había apenas nada, estaba sin embargo a mas altitud y en plena montaña. Una vez allí descargamos la urna del coche y nos dispusimos a dar el pequeño paseo que lleva hasta la antigua Catarata, y digo antigua porque después de tantos años que habían pasado desde que mi tío la visitara, estaba algo cambiada. La habían utilizado para un salto de agua y a su vez construido una pequeña presa.

oneta

Sin duda el lugar estaba irreconocible. Mi tío, se habría dado la vuelta de estar vivo,

y esa fue nuestra suerte.

Al principio quede un tanto desconcertado, sin saber muy bien que hacer, la catarata no era ya el lugar adecuado, ¡eso estaba claro¡. ¿Quizá siguiendo el cauce más abajo de la presa… o quizá encaminándonos, por encima de ella hacia el otro Concejo…? La duda me corroía, y a Genaro el hambre; así que había que actuar con rapidez o acabaría robando el bocadillo a algún paseante descarriado que como nosotros aún creería que el paraje existía como se lo habían contado.

Baje la vista y observe a dos hombres y una vaca que se acercaban hasta nosotros,

Eran algo mayores y rudos, de esos norteños que han pasado la vida entre la intemperie y el solano, en tareas agrícolas y ganaderas, vestían mal, y olían peor, aunque eso del mal olor yo ya lo tenia casi superado, gracias a Genaro.

¡Pobre Genaro¡. Nadie podría imaginar lo muy diferente que era ese hombre antes de la Gran Depresión Europea, al igual que muchos otros Españoles unos años antes, vivía desahogadamente, los negocios parecían ir bien, y el suyo no era distinto de todos los demás, se vendían coches, y el era un vendedor nato. En sus ratos libres hacia lo que otros miles de personas, practicaba deporte de forma moderada en instalaciones municipales, que a pesar de serlo, cobraban a sus usuarios una mas que respetable cantidad, y que en la actualidad además soportan un copago, al tener que pagar por lo mismo dos veces. (a saber; el alquiler de la instalación y un carné para poder acceder a las mismas que también hay que pagar). Y luego quieren que seamos un pueblo saludable, habrá que volver a la petanca de nuestros abuelos, y aun así tampoco hay sitio donde.

El hecho es que hoy día apenas las visitan cuatro funcionarios y  algunos comerciantes que aun no han sucumbido al desastre, y que tienen suficiente para pagar la cuota. Los fines de semana se reunía con amigos para comer juntos, o preparaban un arrocito en casa de alguno o se jugaba a la baraja, se bebía, se fumaba, se vivía medianamente bien. Hasta que de pronto llegó el hundimiento y todo se fue al traste, a partir de ahí, Genaro ya nunca volvió a ser el mismo. Ahora era mejor, independientemente de su olor y de sus rarezas, ahora era mas accesible, mas entregado, mas amigo, si es que se puede interpretar de esa forma. A veces no hay nada como una situación critica para sacar lo mejor de las personas. O lo peor según el caso.

Aquellos hombres que se nos acercaban parecían ser de una pasta similar a la de Genaro, y nada mas verse es como si se hubieran reconocido de inmediato, se hicieron unos saludos, un tanto rupestres, y aun siendo de zonas tan distanciadas, parecieron comprender lo que querían decir, para mi solo sonaron como un par de rebuznos o algo así. Me vino bien estar con él, porque su interpretación fue más que loable, yo apenas podía entender nada de lo que decían.

Genaro les contó lo de las cenizas de mí tío y ellos de forma muy solícita le aconsejaron el sitio idóneo donde hacerlo: El Mar.

Compartimos sidra y un quesuco, bueno de veras, que traían. Nos contaron que para ellos las cosas no habían cambiado mucho con todo el lío que se estaba viviendo en estos tiempos. Eran pobres antes y lo seguían siendo ahora. El más alto que tenía unas orejas al estilo del capitán Spook, de Startrek y que recordaba algo a los personajes de las películas de cine mudo con aquellos grandes bigotes y los ojos como pintados de negro; nos contó que sin embargo en Oviedo que era donde vivían sus hijos, las estaban pasando también mal.

Al final la enseñanza estaba clara, cuantas menos necesidades te creas, menos necesitas, y vives más feliz. A Genaro le gusto pensar que él iba por el camino correcto, aunque fuese de forma obligada. El Gobierno estaba haciendo las cosas como Dios manda, y se ve que Dios había decidido mandarnos a la mierda, sin lugar a dudas.

Después de aquel encuentro decidimos emprender camino hacia la costa que no quedaba ya muy lejos, pues para cualquiera que conozca un poco Asturias sabrá que entre la línea de costa y el interior solo están los Picos de Europa, aunque en este caso y dada la situación geográfica siquiera era necesario cruzarlos.

Anduvimos pues unos 40 o 50 kilómetros hasta Luarca. Después de tantos años fuera, por fin, Genaro volvería a sus orígenes, realmente él recordaba poco de ese sitio, sabia que tenia un bonito cementerio que miraba al mar. Recordaba el puertito pesquero en el paseo del muelle donde de pequeño su abuelo lo paraba de tarde en tarde en alguna de las sidrerías que lo colindan, a tomar un culin. Pero en verdad que poco más.

Sin embargo y una vez llegamos el lugar nos pareció idóneo para nuestro propósito. El tío Jaime se sentiría también satisfecho con nuestra elección. Así que una vez en el paseo del muelle cruzamos hasta el restaurante mesón del Mar y luego giramos a la derecha hasta la ermita de nuestra Señora la Blanca allí nos pareció buen lugar.

Llevábamos una botella de sidra para brindar por el tío o por lo que quedaba de él, y luego de proponerle a Genaro decir unas palabras a lo que se negó alegando que mi tío nunca fue plato de su devoción. Yo me lancé y  recite aquello de Miguel Hernández de:

“Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté
Escríbeme a la tierra que yo te escribiré”

¡Claro que eso lo debería haber dicho el muerto y no yo¡ pero ya nos habíamos cargado casi toda la botella y no estaba muy lucido.

Fue en ese instante que Genaro con la botella vacía en la mano tuvo un momento de brillantez y sugirió que hiciésemos un cucurucho de papel e introdujésemos al tío en la botella, así en vez de descansar para siempre en la barriga de alguna lubína, podría estar de travesía eternamente, por esos siete mares que rodean la tierra.

Dicho y hecho. Las cenizas quedaron un poco pringosas de sidra como era de suponer, pero no importaba la tomé con mi mano izquierda que era la buena y puse todo mi ímpetu en lanzarla bien lejos. Lo conseguí  tal fue el lanzamiento que Genaro me aplaudía, la vimos alejarse, lentamente al interior de mar era una imagen bucólica, mientras pensábamos en lo lejos que al final podría viajar el tío, tal vez incluso hasta Japón, el ruido de una moto de agua estallando la botella con una fuerza inusitada hacia nosotros me despertó de la ensoñación, y en un rápido giro la esquivé. No le ocurrió lo mismo al bueno de Genaro que absorto como estaba se la encajó de lleno contra la cabeza haciéndola mil pedazos. Al final mi tío acabó en el sitio más inesperado la calva de Genaro. Ni que decir tiene que tuvimos que pasar la tarde noche, entera en el hospital desincrustándole cristalitos con ceniza de la cabeza.

El pobre Genaro estaba hecho un cromo. Tuve que soportar durante todo el trayecto de vuelta los sin sabores del resultado final, del ultimo deseo de Don Jaime Jiménez Miraflor, mi tío.

–         Tu tío? Tu tío era un cabrón¡ ¡Hasta muerto jodiendola¡ Pues no te digo yo como me ha dejao el puñetero. Y encima toda la vida pegado a mi calva¡ que me la he lavado ya tres veces y todavía lo siento, como si se hubiera colado por la sangre, y para colmo………

Ya se imaginaran que el viaje de vuelta todavía fue peor. Y además sin queso de Cabrales. ¡Con lo que a mi me gusta¡

fin

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