Perecedero.-


                  

  Aprendí en la mirada de los Dioses,

de la insignificancia de los hombres,

                     Sobrepuse mi espíritu abatido,

a la larga condena de una vida-desastre,

y presioné los dedos contra el azul dormido,

queriendo de esta forma dirigir mi nave.

                     A un descuido me vi sobre los suelos,

arrastrando mi desdicha de próximo cadáver

por las estrechas aguas de los canales viejos,

por las altas montañas de las tremendas aves.

                      Nadie supera el trance,

sólo se sobrevive en los papeles,

en los libros de historia, en los claveles,

en las fotografías de alguna tarde.

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