La apariencia del día.- (Gonzalo Santelices)


 

dias

Nació en Santiago de Chile en 1961 y falleció en accidente de automóvil en 1997 en Madrid. Dejó publicados los libros: Todo esto para que los muchachos enseñasen sus glandes de tortuga desde el puente de Brooklyn. Sueño en la Torre. Una fiesta para la muerte. Nocturno en Marraquesh. Descenso a un aguafuerte atribuido a Piranesi. Retorno a Farewell. Vida de un vendedor de fotocopias, o el póstumo A una actriz porno.

La muerte prematura de Gonzalo Santelices, casi con toda seguridad truncó la trayectoria poética, de alguien destinado a ser uno de los mas firmes referentes de la poesía en lengua castellana del ultimo tramo del siglo XX y de al menos el primero del siglo XXI.

Aceptar la medida del tiempo
 resignarme sin prisas sin estridencias,
 a los días que me restan
Y saber que ya nada será igual
Ni el verso que repito inútilmente
 Ni las muchachas que en tierna ceguera
 Me abrieron sus muslos
Y que al final –porque siempre hay un final
 está la muerte o la muerte”
 (Azar compartido)

 Como si sus palabras fuesen una premonición anticipada, se le vino la muerte en un accidente de automóvil en el año 1997, a los 36 años de edad, dejando el desconcierto en los que ya por ese entonces seguíamos con cierta ansia, su próximo descubrimiento literario.

 

Después de todos estos años en la vida,
poco que salvar:
tu clara y decidida presencia amor mío,
 los días pasados junto al mar
 -la luz doblando encima de los barcos-
el verano anterior,
las ciudades que me revelo el viajero
y que he olvidado,
el invierno puntual y triste…
poco mas”.
 (Analecta)

 Aun a pesar de poder parecer algo pretencioso en sus revisitaciones historicistas, en su revisionismo del mundo de la antigua Grecia, incluyendo a veces hasta su mitología.   Nada más lejos de esa apariencia, sus versos buscan en la naturalidad del día a día su razón de existir. Aunque sus comparativas puedan parecer lejanas a la realidad en su fondo más clarificador se presentan como circunstancia de la vida diaria hasta inducir a que solo existe el momento, el instante donde todo sucede sin enmascaramiento.

De todas las mujeres que he poseído
ninguna tuvo tan dócil el sexo
tan suave a mis avances
como tu Neobula
Lastima que a mi virilidad
Le abandonase el fuste
que nuestro postrer encuentro
demandaba”.
 (La impotencia de Arquíloco de Paros)

 

En otras ocasiones nos deja perplejos ante referentes tan reales y cercanos a la vida de los jóvenes de los ochenta, de los no tan jóvenes de los noventa y los siempre jóvenes de la naturaleza humana. Ya que hay algo en ella que se repite sin parar como el amor y la muerte.

Antes sucedían tantas cosas
 y a tantos sitios entrábamos,
 que de puntillas
 para no despertar a nuestros padres
 nos acercábamos a casa
 con todo el sol en nuestras espaldas.

 Se bebía para estar a tiempo en la frontera.”

         (Vida de un vendedor de fotocopiadoras)

 A veces se me atojan en su poesía ciertos rasgos a la forma de Pessoa, cuando en realidad y comparativamente no tienen nada que ver. Pero su formulación del otro, queriendo en realidad transmitir el yo propio trasciende a veces hasta esa especie de fatiga interior que en ambos forma un criterio uniforme.

Es que a veces vivir
 o la mera disposición de hacerlo
 en plenitud
 me faculta a no ser yo

                                   (Patio Interior)

  “El día es apariencia,
vano esfuerzo de mi sombra
 por apearse de mi cuerpo…..

                              (Impresión matutina)

  “En un perpetuo fluir hacia atrás,
 hacia la memoria,
 huyendo de lo que soy –¿he sido alguna vez?
Regreso a los espacios que el tiempo
Ha tratado con bondad
A los gestos y a sus causas,
Pero compruebo que el que regresa
Es otro, no el mismo, otro”.

                                     (Anábasis)

 También el tiempo y su paso, la muerte y su llegada inaplazable forman parte del devocionario de este poeta, que expone sin llagas ni rencores la necesaria aceptación de los hechos, sin desgarros interiores, sin petulancias, con la sabiduría del que reconoce que solo una bienvenida puede ser digna en tales momentos. No puede haber extravagancias cuando uno se inclina a su poder.

Y así me habló la muerte:
Como Lanzarote tu caballería te conducirá
Al borde del acantilado
Allí sustraerás tu cabeza al peso del bacilete
Entregarás al abismo
Grebas, gola y faldón…
Y finalmente tu espada que a tantas causas sirvió
Libre de toda esta andromina
Despojarás a tu montura de su gualdrapa
Y le prodigarás –el animal lo agradecerá-
Una caricia, la última.
Volverás a casa, abrazarás a tus padres
Y serás –obligada condición- indulgente con el
Ultraje de los años.”

                                                 (Oniria)

 Para mí en definitiva, Gonzalo Santelices es otro de esos poetas que quedaron en la distancia, sin posibilidad de redimirnos con una nueva puesta en escena, con una nueva aparición entre el telón de la vida. Pasó como un ciclón por delante de mi puerta en los años ochenta y allí se habría quedado para siempre de no ser por una extraña necesidad de rescatarlo, una necesidad que nace de las mismas entrañas del que sabe que todo está perdido, pero que el juego continua.

 

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