Cualquier tiempo pasado fue mejor.- (Jorge Manrique)


Si existe algún poeta en lengua castellana que haya con un solo poema pasado a la historia de la poesía, ese es don Jorge Manrique de Figueroa. Que supo exprimir como ningún otro haya hecho, la vida y la muerte en un poema. Hablo como es obligado de las Coplas a la muerte del Maese Don Rodrigo, su padre.

Ni uno solo de sus versos deja inmune, todos y cada uno de ellos componen con la mas absoluta perfección el mayor alegato conocido a la temporalidad del ser humano y a su estancia en el mundo.

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Comienza su elegía ya desde los primeros versos anunciándonos la única y autentica verdad que ha de llamar nuestra atención  durante todo el acto.

La futilidad pasajera de la vida, encaminada hacia la verdad suprema de la muerte.

Este desvelo por el que nos conducirá durante todo el poema no impide que nos hagamos cuenta de la musicalidad y belleza de la rima y el ritmo octosílabo de sus versos mientras va dejando que calen cada uno de los pensamientos a los que le acerca la contemplación de la muerte.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos

Establece agudos vínculos de comparación, en metáforas tan precisas como esta de la vida y los ríos. No deja nada al azar.

Para que pensemos sobre la cuestión, no elude retratarla un solo instante, y así lo va haciendo una y otra vez durante toda la obra.

Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos

La muerte es la única meta, y no deja de repetírnoslo hasta la saciedad, no tanto porque valga más asegurarse de que no habrá olvido sobre lo que se quiere transmitir, que porque sea la manera de hacernos llegar las mil formas de verla.

Ved de cuán poco valor
son las cosas tras que andamos
y corremos,
que en este mundo traidor,
aun primero que muramos
las perdemos:

A partir de aquí va haciendo una enumeración magníficamente establecida de lo inútil de los bienes materiales y las lisonjas, para que no quede lugar a dudas.

Tras ello pasa a enumerar los muchos valores de su padre don Rodrigo y de la templanza y buen juicio del mismo. Creando una alegoría de virtudes de el que fue su padre.

Decidme: la hermosura,
la gentil frescura y tez
de la cara,
el color y la blancura,
cuando viene la vejez,
¿cuál se para?
Las mañas y ligereza
y la fuerza corporal
de juventud,
todo se torna graveza
cuando llega al arrabal
de senectud.

Los placeres y dulzores
de esta vida trabajada
que tenemos,
no son sino corredores,
y la muerte, la celada
en que caemos.
No mirando nuestro daño,
corremos a rienda suelta
sin parar;
desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta,
no hay lugar.

Todo el poema en certeza seria digno de transcribirse, pues todo en él mismo es una enseñanza, y de todo él se extrae la autentica verdad, pero dada su dimensión me abstendré de hacerlo. No sin antes dar resumida cuenta de lo muy importante que para poetas de siglos posteriores, como Calderón de la Barca, o Lope de Vega significó este legado, que sin restar para nada ningún merito a la obra de estos grandes del siglo de Oro, es bien cierto que dejó su huella.

Aquél de buenos abrigo,
amado por virtuoso
de la gente,
el maestre don Rodrigo
Manrique, tanto famoso
y tan valiente;
sus hechos grandes y claros
no cumple que los alabe,
pues los vieron,
ni los quiero hacer caros
pues que el mundo todo sabe
cuáles fueron.

Y por supuesto no puede uno despedirse de este fastuoso poema sin hacer referencia al verdadero objeto del mismo que no es otro que el de despedir a su padre con todo el cariño y respeto con que debe hacerlo un hijo que lo admiró y respetó en vida.

Después de puesta la vida
tantas veces por su ley
al tablero;
después de tan bien servida
la corona de su rey
verdadero:
después de tanta hazaña
a que no puede bastar
cuenta cierta,
en la su villa de Ocaña
vino la muerte a llamar
a su puerta,

diciendo: «Buen caballero,
dejad el mundo engañoso
y su halago;
vuestro corazón de acero,
muestre su esfuerzo famoso
en este trago;
y pues de vida y salud
hicisteis tan poca cuenta
por la fama,
esfuércese la virtud
para sufrir esta afrenta
que os llama.

Así, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer
y de sus hijos y hermanos
y criados,
dio el alma a quien se la dio
(la cual la dio en el cielo
en su gloria),
que aunque la vida perdió
dejónos harto consuelo
su memoria.

No habrá otra referencia mejor, de la muerte que a todos nos llega. Sin embargo son sus magníficos versos los que por encima de todo nos dan la clave para comprobar que el paso del tiempo hará no solo que no se olvide a Jorge Manrique, tras su muerte, sino que no se olvide a su padre don Rodrigo por la crónica tan maravillosa que de él hace.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s